Andaba leyendo un artículo de ecleSALia sobre la pobreza (enlace) y me venía una idea a la cabeza.

A veces, charlando con gente, me han cuestionado aspectos más o menos generales (el hambre en el mundo, las guerras, la injusticia,…) o incluso cuestiones más o menos concretas que por lejanas, se convierten en generales (la violación de una muchacha en Bolivia, como una vez me preguntaron…). Evidentemente, son cuestiones que pueden preocuparte, cuestionarte, interpelarte… pero que suponían cierto desasosiego, por no tener una respuesta válida y concreta (sí, todo el mundo desea que la paz llegue al mundo… pero no deja de ser un deseo complicado y muy poco factible en mi día a día).

No digo con esto que las labores que se realizan ‘a distancia’ (como las colaboraciones con ONGs, o las movilizaciones en favor de ciertas acciones concretas…) no me parezcan válidas… Todo lo contrario. Pero a veces me da la sensación de que esa parte es fácil, de que podríamos caer en la autocomplacencia de decir que ya cumplimos con la movilización mensual que mi ‘ética’ me exige y quedarnos ahí.

Y pensaba que quizá tenga que llegar a una ‘encarnación’ de cada situación… si Jesús se hace presente en las situaciones de injusticia, no habla de ‘todos los casos de hambre’, sino de él, ‘que tenía hambre‘ y ‘cada vez que hicistéis a uno de estos‘… Y convenga más ‘aterrizar’ en lo concreto de una situación (en la que, por cercana, concreta, conocible) puedo hacer algo concreto, al menos por esa persona y esa situación.

Seguramente, en ocasiones hemos pensado que eso (una actuación tan concreta) no resuelve el hambre del mundo, ni traerá la paz a todos los conflictos abiertos… No.
Pero os contaré un cuento (la versión es más o menos libre… así que si alguien conoce el original, me encantará cambiarlo).

Una niña se encontraba en la playa, recogiendo con suavidad conchas que, en la playa, corrían el riesgo de morir.
Cada vez, cogía una, avanza cautelosamente hasta la orilla y la depositaba en el agua. Regresaba, cogía otra…

Un caminante que la vio, le preguntó:
– ¿Qué haces, niña?
– Salvar la vida a las conchas- contestó.

Mirando entorno, el caminante vio un paisaje desolador de conchas agonizando en la arena.
– Pero es una tarea imposible… son demasiadas!

La niña, depositando la concha que tenía en las manos, se volvió al caminante y le dijo:
– Digáselo usted a ésta.

Ánimo, pues… que aunque la tarea es enorme… sólo tenemos que estar atentos a cada persona que se nos acerca…

Para corroborar esta idea… Existe una iniciativa que aparece en la web de Marianistas, (enlace), de vivir los cuarenta días de la cuaresma con los cuarenta países menos desarrollados. Así que ampliemos las miras un poquito… pero sin dejar de mirar a nuestro suelo más inmediato!